sábado, 29 de septiembre de 2012

La civilización del espectáculo

En la revista Letras Libres de julio me encontré con la publicación del diálogo entre dos pensadores a quienes respeto y valoro mucho, en la mayoría de las ocasiones sus palabras las siento cercanas y en otras han sido punto de partida para la reflexión de conceptos que me han ayudado a inmiscuirme en el laberinto del sentido de la vida, Gilles Lipovetsky y Mario Vargas Llosa. La reflexión sobre la alta cultura vs la cultura de masas los llevan a un rebote de ideas sobre las cuales ambos han publicado ensayos.

Como siempre me pasa cuando me engancha el tema o el autor, la breve publicación de 10 páginas me llevó a leer más; releer algunos fragmentos de un libro de Lipovetsky que en su momento me hizo ampliar mi horizonte cultural, La era del vacío, y leer el último libro publicado por Vargas Llosa y motivo de está entrada, La civilización del espectáculo.

El libro es la respuesta a varias preguntas que el autor se ha cuestionado desde hace tiempo y con las que seguramente muchos coincidimos, ¿Por qué la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido banalizando hasta convertirse en muchos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra?

Es común escuchar a las personas de una generación referirse a que la música, la moda, los modales, etc.; eran mejor en su época, comparando con lo que tiene las nuevas generaciones. Sin duda hay muchas cosas buenas y rescatables de cada generación, el mejor juicio para ello será la historia y su trascendencia en el tiempo. Pero, la cultura no es cosa menor, es un motivo de preocupación, angustia y de una amplia reflexión para el autor.

La cultura entendida como mero entretenimiento pierde su esencia, su sentido de trascendencia. No está mal que la cultura sea un bien el alcance de la mayoría, pero si esto representa la simplificación y la desinvitación a la reflexión sobre el hombre y su tiempo; ha perdido su rol en la vida de la humanidad, ser su conciencia.

Me es inevitable coincidir con Vargas Llosa cuando expresa la sensación de haber sido presa de una sutil conspiración para hacerlo sentir inculto y estúpido. Nuestro tiempo presenta un gran reto para el discernimiento de cada persona; ante la variedad de opciones, con el ritmo de vida y bajo la presión de lo socialmente demandado. La supuesta cultura de hoy parece tener implícito un atajo que evita pasar por la reflexión y nos lleva directo a la diversión, que tiene en su efímero transitar la difícil, diría imposible, misión de evitar el encuentro del ser humano con su consciencia.

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